La Medicina y la Música

Equipo médico de Clínica Alcolea en Barcelona especializado en medicina estética, dermatología y bienestar

1 julio, 2026

La música también puede cuidar de nuestra salud

Lo que la ciencia está descubriendo sobre el poder de la música y lo que aprendí una noche cantando a Mozart

«Sin música, la vida sería un error.»
Friedrich Nietzsche

Hay experiencias que permanecen intactas en la memoria. No porque hayan sido extraordinarias desde fuera, sino porque transforman para siempre nuestra forma de mirar el mundo.

La que voy a contar ocurrió hace ya algunos años, cuando estudiaba canto en el Conservatorio Superior de Música del Liceo de Barcelona. Sin saberlo entonces, aquella noche sembró una pregunta que aún hoy sigue acompañándome, tanto en mi faceta de profesional sanitaria como en la de cantante.

Durante mucho tiempo pensé que la medicina y la música pertenecían a universos completamente distintos. La primera buscaba comprender el cuerpo humano a través de la ciencia. La segunda hablaba directamente al alma.

Hoy creo que estaba equivocada. Ambas persiguen el mismo propósito: mejorar la vida de las personas. Y la ciencia empieza a demostrar que esa intuición tiene fundamento.

 

El silencio más hermoso que he vivido

Cada final de curso, los alumnos del Conservatorio ofrecíamos un concierto en el pequeño teatrino histórico situado en la quinta planta del Gran Teatro del Liceo. Es un lugar que emociona incluso antes de cantar.

Allí también estudió una de las grandes voces de la historia de la lírica: Montserrat Caballé.

Aquel día debía interpretar el Tu virginum corona, uno de los movimientos del motete Exsultate, jubilate (KV 165), compuesto por Wolfgang Amadeus Mozart cuando apenas tenía dieciséis años.

La obra fue escrita para el castrato Venanzio Rauzzini y posee una luminosidad extraordinaria. Su texto latino invita al júbilo y a la esperanza tras la adversidad, mientras ensalza poéticamente a la Virgen María como corona de las vírgenes.

Era una obra exigente. No solo desde el punto de vista vocal. También requería una enorme concentración para lograr que la técnica desapareciera y solo permaneciera la música.

Antes de salir al escenario hice lo que siempre había hecho:

Respiré.

Cerré los ojos.

Y comencé a hablar conmigo misma.

«Estás preparada. Has estudiado. Tranquilízate y déjate llevar.»

Resulta curioso recordar hoy aquellas palabras. Eran exactamente las mismas que me repetía años antes cuando estudiaba Medicina y debía enfrentarme a un examen oral. Entonces no conocía la neurociencia del rendimiento. No sabía todavía los mecanismos sobre regulación emocional, respiración diafragmática y sistema nervioso autónomo. Simplemente intuía que la serenidad también podía entrenarse. Hoy sé que aquel pequeño diálogo interior tenía mucho más sentido del que imaginaba.

Respiré profundamente.

Manel Ruiz, el pianista comenzó la introducción.

Y dejé de pensar.

Durante unos minutos desaparecieron el público, el escenario y el miedo. Solo existían Mozart, la respiración y la música. Llegó la última cadencia. Mi voz se suspendió unos instantes sobre el acorde final del piano. Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré. Nadie aplaudió. El público permaneció completamente inmóvil. No era un silencio incómodo. Era un silencio lleno. Un silencio habitado. Como si nadie quisiera romper aquello que acabábamos de compartir. Solo después comenzaron los aplausos.

Han pasado muchos años. Sin embargo, tanto mi pianista, Manel Ruiz, como mi querida maestra, la soprano Meritxell Olaya, siguen recordando aquel instante. Yo también. Lo conservo como uno de los recuerdos más emocionantes de mi vida artística.

Con el tiempo comprendí que aquel silencio decía mucho más que cualquier ovación.

En ocasiones, el silencio es la emoción cuando las palabras todavía no han encontrado la forma de expresarse.

Aquella experiencia despertó en mí una pregunta que continúa acompañándome hasta hoy.

¿Qué había sucedido realmente durante esos segundos?

¿Por qué un grupo de personas permaneció inmóvil antes de comenzar a aplaudir?

¿Era simplemente emoción? ¿O estaba ocurriendo algo más?

Como cantante, acepté durante años que aquello pertenecía al misterio del arte. Como profesional sanitaria, necesitaba comprenderlo. Y fue entonces cuando descubrí que la ciencia llevaba décadas intentando responder exactamente a esa misma pregunta.

Cuando la ciencia empieza a explicar lo que los músicos siempre han sabido

Justamente hoy, Manel me envió una entrevista al cardiólogo Manuel de la Peña cuyo titular llamó inmediatamente mi atención y fue objeto de este artículo:

«Este consejo os ayudará a vivir más años: media hora de música al día.»

Confieso que sonreí. No porque me sorprendiera. Sino porque, por primera vez, veía expresado desde la medicina algo que los músicos llevamos siglos experimentando.

La música no es únicamente entretenimiento. No es solo cultura. No es un lujo reservado para teatros o auditorios. La música forma parte de nuestra biología.

Cada vez que escuchamos una melodía que nos emociona, nuestro cerebro pone en marcha una extraordinaria red de conexiones que implica regiones relacionadas con la memoria, la atención, el movimiento, el lenguaje y las emociones. Aumenta la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y la motivación. Puede disminuir la concentración de cortisol, la principal hormona relacionada con el estrés.

Modifica la respiración. Influye sobre la frecuencia cardíaca. Y, en determinadas circunstancias, consigue sincronizar la actividad cerebral de varias personas que comparten una misma experiencia musical.

Quizá por eso aquel silencio en el Liceo no fue casual.

Tal vez todos estábamos respirando al mismo ritmo sin ser conscientes de ello.

Tal vez nuestros cerebros seguían sosteniendo durante unos segundos la emoción que Mozart había comenzado a construir doscientos cincuenta años antes.

La ciencia aún sigue investigándolo.

Los músicos, en cambio, llevamos siglos sintiéndolo.

El cerebro: el primer gran escenario de la música

Ilustración artística que representa la activación de múltiples redes neuronales durante la experiencia musical.

La música activa simultáneamente múltiples regiones del cerebro relacionadas con las emociones, la memoria, la atención, el movimiento y el lenguaje. Pocas experiencias humanas movilizan una red neuronal tan amplia.

Cuando escuchamos una obra musical que nos emociona, no solo estamos disfrutando de una sucesión de sonidos. En realidad, nuestro cerebro pone en marcha una compleja red de conexiones que involucra numerosas áreas encargadas de procesar las emociones, la memoria, la atención, el movimiento e incluso el lenguaje.

Por eso se dice que la música es una de las pocas actividades capaces de activar casi todo el cerebro de forma simultánea.

Las técnicas modernas de neuroimagen, como la resonancia magnética funcional, han permitido observar cómo determinadas regiones cerebrales aumentan su actividad cuando escuchamos una melodía que nos resulta significativa. Entre ellas se encuentran el sistema límbico, relacionado con las emociones; el hipocampo, fundamental para la memoria; y el denominado sistema de recompensa, responsable de las sensaciones de placer y motivación.

Uno de los protagonistas de este proceso es la dopamina, un neurotransmisor que el cerebro libera cuando experimentamos una vivencia gratificante. Es el mismo sistema implicado cuando disfrutamos de una conversación agradable, contemplamos un paisaje que nos emociona o compartimos tiempo con las personas que queremos.

Quizá por eso determinadas obras musicales tienen la capacidad de conmovernos profundamente o de transportarnos a momentos concretos de nuestra vida. No es casual que una simple melodía pueda despertar recuerdos que creíamos olvidados o provocar emociones difíciles de expresar con palabras.

Al mismo tiempo, diferentes estudios han observado que escuchar música puede favorecer una disminución de los niveles de cortisol, conocida como la principal hormona relacionada con la respuesta al estrés. Aunque este efecto puede variar entre unas personas y otras, ayuda a explicar por qué muchas personas experimentan una sensación de calma después de escuchar su música favorita.

La música también estimula un fenómeno extraordinario conocido como neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para reorganizarse y crear nuevas conexiones a lo largo de toda la vida. Gracias a esta propiedad, el aprendizaje musical se ha relacionado con mejoras en la atención, la memoria, la coordinación y determinadas funciones cognitivas, tanto en niños como en adultos.

La música no actúa únicamente sobre nuestros oídos. Actúa sobre nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

El corazón también escucha

Desde hace años, la cardiología estudia cómo determinados estímulos musicales pueden influir sobre nuestro organismo.

Diversas investigaciones han observado que escuchar música relajante puede favorecer una disminución de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial, además de contribuir a reducir la sensación subjetiva de ansiedad en determinadas situaciones.

No significa que la música sustituya un tratamiento médico. Ni que cure enfermedades. Sería un error afirmarlo. Pero sí sabemos que el bienestar emocional forma parte de la salud cardiovascular y que la música puede convertirse en una herramienta complementaria para favorecer ese equilibrio.

Quizá por eso el profesor Manuel de la Peña propone dedicar unos treinta minutos diarios a escuchar música como parte de un estilo de vida saludable.

Partitura doblada con forma de corazón junto a una flauta, símbolo de la relación entre la música, las emociones y el bienestar cardiovascular.

La música es capaz de emocionar antes incluso de que comprendamos por qué. Su influencia sobre el bienestar cardiovascular y el sistema nervioso sigue siendo objeto de estudio, pero su capacidad para conmovernos forma parte de la experiencia humana desde hace siglos.

La música también deja huella en nuestra piel

En Clínica Alcolea hablamos con frecuencia de cómo el estrés afecta a la piel. No es una percepción. Es una realidad científica.

El aumento mantenido del cortisol favorece procesos inflamatorios que pueden agravar patologías como la rosácea, el acné, la dermatitis atópica o la psoriasis. También acelera el envejecimiento cutáneo al alterar mecanismos relacionados con la reparación de los tejidos y la producción de colágeno. Por eso, cuando hablamos de salud de la piel, no podemos limitarnos únicamente a los tratamientos médicos o dermocosméticos.

Mujer disfrutando de un momento de relajación mientras escucha música, ilustrando la relación entre el bienestar emocional y la salud de la piel.

Cuidar la piel comienza mucho antes de aplicar un tratamiento. Comienza cuando encontramos unos minutos para respirar, detenernos… y escuchar.

Dormir bien.

Hacer ejercicio.

Mantener una alimentación equilibrada.

Respirar.

Dedicar tiempo al descanso.

Y, por qué no, escuchar la música que nos emociona.

Todo ello forma parte de una manera más amplia de entender el cuidado de la salud.

Porque la piel también refleja cómo vivimos.

Cantar: mucho más que utilizar la voz

Como soprano he descubierto que cantar produce una sensación difícil de describir. No se trata únicamente de emitir sonidos.

Cada obra exige mucho más que una buena técnica vocal. Exige comprender un texto, construir un personaje, transmitir emociones y hacer que quien escucha crea, aunque solo sea durante unos minutos, la historia que se está contando.

Cuando interpreto un lied de Schubert, un aria de Mozart o el Vals de Angelita de la zarzuela Château Margaux, no pienso únicamente en las notas. Pienso en la intención de cada frase, en el significado de cada palabra y en la emoción que quiero compartir con el público.

Para conseguirlo necesitamos respirar de forma consciente, mantener una postura equilibrada, coordinar el cuerpo entero y alcanzar un estado de concentración en el que la técnica deja de ser protagonista para ponerse al servicio de la expresión.

Hoy sabemos que esa implicación física y emocional activa numerosos circuitos cerebrales relacionados con la atención, la memoria, la coordinación motora y las emociones. Cantar es, probablemente, una de las actividades más completas que puede realizar el ser humano.

Quizá por eso, al terminar un ensayo o un concierto, muchas veces no solo sentimos el cansancio propio del esfuerzo vocal, sino también una profunda sensación de bienestar.

No hace falta ser cantante profesional para experimentarlo.

Cantar en un coro, en casa o simplemente tararear una melodía que nos gusta también puede convertirse en una forma de cuidar de nosotros mismos.

La música pertenece a todos.

Alejandra Svensson interpretando el Vals de Angelita de la zarzuela Château Margaux, mostrando cómo el canto combina técnica vocal, interpretación y expresión emocional.

Interpretando el Vals de Angelita, de la zarzuela Château Margaux. Cuando cantamos no solo proyectamos la voz; compartimos historias, emociones y una parte de nosotros mismos.

Cinco maneras sencillas de incorporar más música a tu vida

No es necesario asistir a un gran concierto para experimentar el poder de la música.

Podemos empezar con pequeños gestos cotidianos.

  • Dedica unos minutos cada día a escuchar la música que realmente te emociona.
  • Canta, aunque sea en casa o mientras conduces.
  • Si tocas un instrumento, recupéralo aunque solo sea unos minutos.
  • Comparte música con las personas que quieres.
  • Regálate momentos de silencio después de escuchar una obra. A veces, es precisamente ahí donde la música continúa hablando.

La medicina y la música hablan el mismo lenguaje

A menudo me preguntan qué tienen en común la medicina y la música. Durante años pensé que eran caminos completamente distintos. Hoy ya no lo creo.

La medicina me ha enseñado a comprender el funcionamiento del cuerpo humano, a valorar el rigor científico y a entender la importancia del diagnóstico y de los tratamientos basados en la evidencia.

La música me ha enseñado algo igualmente valioso: que el bienestar también nace de la emoción, de la belleza y de aquello que nos conecta con los demás.

Ninguna sustituye a la otra. Se complementan.

Quizá por eso sigo recordando aquel silencio en el pequeño teatrino del Liceo. No porque fuera un éxito artístico. Sino porque, sin saberlo entonces, me permitió comprender que la música posee una capacidad extraordinaria para reunir a las personas en una misma emoción.

La ciencia continúa investigando los mecanismos que lo explican.

Los músicos simplemente seguimos sintiéndolo cada vez que una obra consigue detener el tiempo durante unos instantes.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de cuidar de nuestra salud.

Porque vivir más no consiste únicamente en sumar años, consiste en llenar de vida cada uno de ellos.

¿Cuál es esa pieza musical que, cada vez que la escuchas, consigue detener el tiempo durante unos instantes?

Quizá hoy sea un buen día para volver a escucharla.

Referencias científicas

    1. 1.-Salimpoor VN, Benovoy M, Larcher K, Dagher A, Zatorre RJ. Anatomically distinct dopamine release during anticipation and experience of peak emotion to music. Nat Neurosci. 2011 Feb;14(2):257-62. 

                     2.-Salimpoor VN, Zald DH, Zatorre RJ, Dagher A, McIntosh AR. Predictions and the brain: how musical sounds become rewarding. Trends Cogn Sci. 2015 Feb;19(2):86-91. 

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